miércoles, 25 de julio de 2012

Invadida

Observé abrirse la puerta de la habitación en estos últimos días varias veces, más de las necesarias. Solía ser  el único lugar de la casa que me otorgaba paz, pero hoy sólo logra alterarme. 
"No tengo ganas, en la cama estoy mejor" lograba vociferar de vez en cuando; y claro ¿qué caso tenía estar insomne en aquel infierno? Súbitamente, mis noches comenzaron a alargarse (aunque personalmente prefería que fueran eternas). Todo comenzó como una banalidad, pero con el tiempo se tornó un estorbo. Nadie se percató de ello, y mucho menos yo. Fuimos apresándonos (o debería decir fui, porque nadie más que yo salió perjudicada) a la idea de no juzgarlos, porque ellos necesitaban espacio y el único método por el cuál podían obtenerlo era usurpando el mío. No tuve las fuerzas para despojarlos a tiempo y cuando me di cuenta de todo lo ocurrido, esa habitación que tanto había amado, ya era de ellos. ¿Cómo echarlos? ¿Acaso podía yo, arramblarlos de ese, mí espacio (que ahora también les pertenecía)? Aún así, jamás consideré la absurda idea de compartir aquel ambiente abarrotado por sus almas. De ningún modo ese disparate sería aceptado por mí, aunque por ellos tal vez sí. 
Me habían invadido completamente, pero ninguno se disponía a retroceder. Ninguno de todos ellos veía como opción retirarse de allí. Mis cosas seguían siendo mías, pero de qué me servían. Yo quería aquel espacio que me había llevado largos años adquirir, moldear a mi manera. Mis insomnios por aquel entonces eran simplemente míos, me pertenecían en su totalidad; pero hoy, hoy les pertenecen a ellos, como ésta, mi habitación.

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