viernes, 10 de agosto de 2012

Hombre sin lugar


Vas para aquí y para allá, es como si te viera..., como si te estuviera viendo..., te vas derramando por la ciudad, un rato en aquel café con un amigo, un rato en aquel cine con una mujer, un rato en el estudio, entre papeles que se embarullan sin saber cómo, un rato caminando por la calle de esas que todavía tienen una hilera de árboles a su orilla y nos encienden la esperanza de que sea verdad que en alguna parte exista un río siempre en movimiento, con una hilera de árboles zambulléndole su sombra para que el agua la refresque.
Vas para aquí y para allá, inquieto, con una manera formal y agradable de parecer un hombre seguro de sí mismo, un hombre que está conforme con su vida y con lo que tiene.
Y esa sonrisa a medias, esa sonrisa para que las mujeres le cuelguen su deseo de sentir que te amparan...
Es como si te viera..., como si estuviera viendo...
Por fuera sos el hombre de siempre, y no le has contado a nadie que lloraste, y no te has atrevido a confesarte ni a vos mismo que el culpable pudiste haber sido vos. Y no yo, solamente yo.
El orgullo, el orgullo..., ese fuego de utilería altísima y tambaleante torrecilla de naipes; cuántos errores se cometen bajo el amparo del orgullo, en nombre del orgullo.
Por ejemplo, la huida..., y llamar a la huida: retirada honrosa.
Por ejemplo, el silencio..., y llamar al silencio: olvido total.
Necesitás una botella de whisky frente a vos para nombrarme, y echarle la culpa al licor.
¿Quién tiene en cuenta lo que dice un tipo con un vaso en la mano?
Hasta a vos te da la sensación de que lo que decís en esa circunstancia es una especie de mentira delirante.
Y de que yo fui una mentira delirante.
Y de que lo nuestro fue una mentira delirante.
Porque vos venías de sucesivas mentiras de que te dijeron y que dijiste.
Porque venías de sombras que te echabas encima sin querer o por esa manía tuya de andar siempre triste, como si la tristeza fuera la única compañía posible para tus lentos pasos.
Una tristeza que vos hiciste parte de vos mismo. Que yo traté de ahuyentar y vos defendiste como si se tratara de tu sangre.
—¿Podré creerte, de veras podré creerte o sos un invento, una mentira, como todo?
—Todo no es mentira.
—Si, hasta las estrellas..., fijate que a lo mejor estamos mirando una estrella que brilla en el cielo..., y no es verdad, porque la estrella explotó hace mil años y lo qué nos está llegando es sólo la visión de aquella luz que tuvo...
—En mí podés creer. Yo te quiero.
Y trataba, ¿tratabas?, de decirte que sí.
Aunque nunca llegaste a convencerte.
Porque bastó una tontería, una cosa de nada, un desencuentro, para que te alejaras, pensando que tenías razón, que no se puede creer en nadie.
No sé cuánto te habrás herido, pero sé cuánto fui herida yo.
Y sin embargo creo, y sin embargo quiero, y sin embargo soy capaz de darme y abrir el pecho para recibir.
Vas para aquí y para allá, es como si te viera..., como si te estuviera viendo...
Vas fatigándote por la ciudad, siempre encerrado en vos, mirando para adentro, mordiendo los nombres de los seres que no pudieron quererte porque vos no se los permitiste.
Y en ese ir y venir, en ese deambular que no se detendrá nunca, te irás llenando de soledades y de llantos que no podrás confesar a nadie.
Hombre sin lugar.
Hombre sin estrellas.
Hombre de tormentas violentas batiendo en su pecho.

Poldy Bird

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